jueves, 1 de abril de 2010
Mar y el fin del mundo.
Te digo adiós y… ¿Acaso te quiero todavía?
Quizás no he de olvidarte, pero te digo adiós.
No sé si me quisiste... No sé si te quería...
Me lo demostraste y lo pude sentir.
O tal vez nos quisimos demasiado los dos.
No se si importaron tus dos abandonos de ultima hora.
Este cariño triste, apasionado y loco,
Me lo sembré en el alma para quererte a ti.
Lo demostré de muchas formas,
Te enamore como nadie lo ha hecho.
No sé si te amé mucho... no sé si te amé poco,
Pero si sé que nunca volveré a amar así.
Me queda tu sonrisa dormida en el recuerdo,
Tu mirada de la tarde en el bosque,
Las caminatas sin rumbo,
y el corazón me dice que no te olvidaré;
Pero, al quedarme solo, sabiendo que te pierdo,
Tal vez empiece a amarte como jamás te amé.
Te digo adiós, y acaso, con esta despedida
Mi más hermoso sueño muere dentro de mí...
Pero te digo adiós, para toda la vida,
Aunque toda la vida siga pensando en ti
Y aunque el fin del mundo este por llegar.
Para mí ya lo es desde la noche que te dije adiós
Al colgar el teléfono.
Estoy tranquilo como un domingo por la mañana para
El Fin Del Mundo.
Gsus.
Los Libros del Miedo.
Esto no es broma, al contrario, ellos lo dicen muy serios y habrá que creerles (por desgracia para los débiles y adictos a la payola), pues al parecer hasta algunas casas editoriales están interesadas en publicar lo que pudieran contar. Lo más extraño del asunto es que hablamos de un país donde, aseguran los estudios, la gente no lee, y personajes como Carmen Campuzano, El Pato Zambrano o Cervantes Landa —el agresor de Fabiruchis— dicen que están escribiendo un libro, ya tenemos suficiente con las porquerías de libros de Carlos Cuauhtémoc Sánchez, los libros de Luna nueva y demás payola escrita. La pregunta es, ¿usted compraría el libro de un tipo como Cervantes Landa, ya que lo único que ha hecho es admitir de manera pública que se dedica al sexo servicio y como supimos golpeó casi hasta la muerte a un comunicador?(si es que a eso se le llama comunicador)... por lo menos éste que escribe no lo compraría.
En otro lado encontramos a un personaje como El Pato Zambrano, quién escribió un texto basado en la vida de una mujer leyenda, como Irma Serrano y obtener una ganancia económica al respecto. El único antecedente comprobable que tenemos del señor es que estuvo encerrado varios meses en la Casa de Big Brother holgazaneando, y que ha sido acusado de ratero y drogadicto por parte de La Tigresa. Creo que tampoco compraría su libro. ¿Por qué no se fomenta de dicha forma los libros de Noam Chomsky, Alejandro Jodorowsky, José Agustín, Erich Fromm, Isaac Asimov, HG Wells? Y de doña Carmen Campuzano, ¿qué se podemos decir? Su “gran chiste” ha sido emborracharse, drogarse y abandonar a sus hijas. En resumidas cuentas, los libros por parte de los personajes del medio artístico carecen de sustancia, y les puedo asegurar que si los compran no les aportarán absolutamente nada.
En un hospital de Monterrey, Nuevo León, nació la primogénita de Ernesto D’Alessio, quien vuelve abuela a la cantante, y permítanme decirles que la felicidad de Guadalupe, del mismo Ernesto y, por supuesto, de toda la familia ha sido total, aunque ‘genio y figura hasta la sepultura’ y esto se los digo porque hace tiempo en el programa de Ellas con las Estrellas, Tere Marín pretendió hacerle una broma —de pésimo gusto, por cierto— y la Leona Dormida despertó y las puso en su lugar. Lo que sucede es que a veces a la señora se le van las cabras al monte, pero en esta ocasión las culpables por falta de sencillez y sensibilidad fueron las conductoras del programa regiomontano.
No te olvides que tenemos una cita todos los días de 11:00 a 13:00 horas a través del 98.5 de FM en Reporte última palabra y en No lo cuentes de 17:00 a 18:30 horas por Cadena Tres, canal 28 de televisión abierta y 128 de Cablevisión.
En otro lado encontramos a un personaje como El Pato Zambrano, quién escribió un texto basado en la vida de una mujer leyenda, como Irma Serrano y obtener una ganancia económica al respecto. El único antecedente comprobable que tenemos del señor es que estuvo encerrado varios meses en la Casa de Big Brother holgazaneando, y que ha sido acusado de ratero y drogadicto por parte de La Tigresa. Creo que tampoco compraría su libro. ¿Por qué no se fomenta de dicha forma los libros de Noam Chomsky, Alejandro Jodorowsky, José Agustín, Erich Fromm, Isaac Asimov, HG Wells? Y de doña Carmen Campuzano, ¿qué se podemos decir? Su “gran chiste” ha sido emborracharse, drogarse y abandonar a sus hijas. En resumidas cuentas, los libros por parte de los personajes del medio artístico carecen de sustancia, y les puedo asegurar que si los compran no les aportarán absolutamente nada.
En un hospital de Monterrey, Nuevo León, nació la primogénita de Ernesto D’Alessio, quien vuelve abuela a la cantante, y permítanme decirles que la felicidad de Guadalupe, del mismo Ernesto y, por supuesto, de toda la familia ha sido total, aunque ‘genio y figura hasta la sepultura’ y esto se los digo porque hace tiempo en el programa de Ellas con las Estrellas, Tere Marín pretendió hacerle una broma —de pésimo gusto, por cierto— y la Leona Dormida despertó y las puso en su lugar. Lo que sucede es que a veces a la señora se le van las cabras al monte, pero en esta ocasión las culpables por falta de sencillez y sensibilidad fueron las conductoras del programa regiomontano.
No te olvides que tenemos una cita todos los días de 11:00 a 13:00 horas a través del 98.5 de FM en Reporte última palabra y en No lo cuentes de 17:00 a 18:30 horas por Cadena Tres, canal 28 de televisión abierta y 128 de Cablevisión.
La esclava de mi Vida.
Desde que la vi anunciada en una revista de contactos no pude quitarme su imagen de la cabeza. Me parecía la mujer más perfecta que hubiera existido nunca. Me enamoré de ella nada más verla. Pero sabía que aún no podía pretender poseerla, amarla y hacerla mía para siempre. Mi deseo por ella tendría que esperar algún tiempo, era un caro capricho que mi exiguo presupuesto no podía permitirse. Por aquel entonces yo trabajaba como asalariado en un pequeño almacén y los gastos obligados de cada mes casi se llevaban más de la mitad de mis ingresos y no podía darme ningún lujo por muy placentero que pudiera resultarme.
Recorté aquella maravillosa imagen, digno boceto de una altiva reina futura protagonista de mis sueños más ardientes y la pegué con cuidado ritual en la desnuda pared del dormitorio del pequeño apartamento de alquiler en el que yo vivía. Tenerla siempre presente en el cabecero de mi cama me servía de diario estímulo para intentar esforzarme lo posible para ser en fechas no muy tardías su propietario. Por ella trabajé duramente en el almacén quedándome a hacer horas extras hasta el desmayo. Al trabajar más y estar más cansado, salía menos, con lo que eso tenía de bueno para mi economía, ya que apenas gastaba nada que no hubiera antes presupuestado en mi cuadernillo donde lo apuntaba todo.
Cada noche rozaba su foto con las yemas de mis dedos, le daba un apasionado beso que abarcaba todo su cuerpo y me acostaba, no sin antes dejar volar mi imaginación a un futuro no muy lejano en el que ambos compartiríamos el mismo techo. Me imaginaba mi vida a su lado, las eternas noches de sexo y goce y la pasión que envolvería mi vida para siempre. Por fin lograría ser feliz.
Quería bautizar a mi futura compañera con un nombre digno de ella que la describiera en toda su magnitud y que mostrara a su vez, todo lo que era capaz de inspirarme cuando la miraba, pero ninguno me convencía plenamente. No en vano, era la primera vez en mi vida que iba a comprar una esclava y no quería dejar pasar de largo el más mínimo detalle. No deseaba un nombre corriente, nadie que existiera en el mundo podría llegar a acercarse en belleza y encanto a su persona.
Poco a poco mi cuenta fue engordando y por fin conseguí el dinero suficiente para comprarme mi esclava, a la que cariñosamente apodé “sin nombre”. Contacté telefónicamente con el proveedor de aquellas sumisas muchachas que habían nacido para dar placer carnal y quedé en ir a recoger la mía esa misma tarde. Estaba deseoso por ejercer de amo y ese pensamiento es el que me provocaba de continuo recurrentes erecciones que ni siquiera pude evitar mientras conducía mi coche al ir a su encuentro. Estaba nervioso, me sudaban las manos y me sentía igual que un inquieto novio que camina ante el altar.
Cuando llegué a la dirección que me habían indicado por teléfono, me sorprendí al ver más esclavas, tan bellas o incluso más que mi futura compañera, pero ninguna de ellas había compartido conmigo las noches pasadas de onanismo compulsivo así que me fui directamente al lugar donde mi bella sumisa de rasgos eslavos ya me esperaba. Pagué al vendedor al contado y la llevé a su nuevo hogar.
No me importaba, tal y como me advirtió el vendedor, que fuera completamente muda. No necesitaba hablar con ella, ni quería que me preguntara cada tarde si me había ido bien en el trabajo, ni tampoco que me discutiera ninguno de mis comentarios. Yo era el amo y ella mi esclava sumisa, eso era un hecho indiscutible. La había comprado para follarla hasta la extenuación, hacerla mía y poseerla cuando a mí me apeteciera. No podía existir mayor placer para mí. Sus deseos irían ligados desde ese momento a los míos, su placer sería mi propio placer y mis apetitos carnales, la causa de su existencia.
Cuando llegué a casa, la despojé impaciente de la túnica negra que tapaba su cuerpo y sin poder esperar siquiera a desvestirme, la tumbé en la cama, bajé la bragueta de mis pantalones y la desvirgué para siempre sin contemplaciones. El placer de poseer por primera vez a mi esclava fue insuperable, jamás había conseguido encontrar a ninguna mujer que se plegara a mis órdenes como ella lo hacía y sentir que la había encontrado elevó mi ego maltratado tanto por el paso de los años como por aquellas mujeres que había conocido y me habían destrozado psicológicamente. Mi esclava ni se inmutó, había aprendido cómo debía comportarse y se dejó hacer. Me sentí un triunfador por primera vez en mi vida, atractivo, fuerte y poderoso. Estaba pletórico gracias a ella.
Mi muda esclava seguía al pie de la letra y con una obediencia encomiable, todos mis mandatos. Su presencia disparaba mi imaginación y cada tarde, cuando llegaba a casa tras una dura jornada de trabajo, solía esperarme desnuda a cuatro patas como una montura fiel sobre la alfombra de rallas azules de mi salón. Ver sus labios mayores, entrever la abertura de mi pozo de los deseos y contemplar sus pechos eran suficientes motivos para no perder ni un solo segundo y poseerla sin dilación. Intentaba controlar mis eyaculaciones para disfrutar lo máximo posible, pero sus apreturas me producían tempranas sacudidas en todo mi ser.
A medida que fueron pasando los días me resultó insuficiente disfrutar de ella a escondidas en mi casa, quería presumir de mi esclava y comenzamos a salir de excursión en mi coche, habitualmente elegíamos el bosque como destino. Allí, entre los árboles y con el excitante riesgo de ser descubiertos, hacíamos el amor. Mi esclava a la luz del sol me resultaba todavía más atractiva.
Casualmente leyendo una revista que acababa de comprar en el quiosco de la esquina de mi casa, encontré un artículo en el que se hacía referencia precisamente a la historia de un pequeño pueblo de Puerto Rico llamado Vieques, poblado en el siglo XIX por un sinfín de esclavas. En el reportaje se daba el listado de los nombres de aquellas mujeres esclavizadas en esa época, leí la lista de corrido y de inmediato encontré el nombre que estaba buscando: Matumissa. Me parecía exótico, original y estaba dotado de una maravillosa musicalidad, era un nombre digno de mi bella esclava.
Matumissa se convirtió en el centro de mi vida. Creo que poco a poco aprendí a amarla. Me gustaba su ausencia de iniciativa, de voz y su total rendición a mis deseos. Cuando llegó el invierno, volvimos a recluirnos en casa y disfrutábamos de las largas noches de invierno abrazados en la cama. Me gustaba sentir sus pechos desnudos en mi torso y rozar sus suaves piernas. Enredaba su pelo entre mis dedos y su relajante olor me adormecía hasta que caía por fin en un profundo sueño.
La desbordada imaginación y la inspiración de tenerla hicieron que me convirtiera en un adicto comprador de productos eróticos. Mi arsenal de esposas, látigos y todo tipo de artículos sadomasoquistas era impresionante, tanto, que tuve que hacer limpieza por primera vez en mi casa para hacerles hueco. Me tomaba mi tiempo cada noche en elegir el instrumento que utilizaría con ella. Disfrutaba atando a mi sumisa esclava a la cama, azotarla sin compasión con uno de aquellos coloridos látigos para posteriormente follarla hasta el desmayo. Pero al igual que comencé a amarla también comencé a enfermar de celos. Me volvía loco pensando por las mañanas mientras trabajaba en la posibilidad de que tuviera un amante a escondidas. Al llegar a casa necesitaba demostrar mi pleno dominio sobre ella y la poseía en el suelo, atándola fuertemente con una maroma a una pata de la cama, mientras azotaba sus desnudos glúteos una y otra vez a modo de castigo para ella y de goce para mí.
Pasaron los meses y ocurrió algo en mi vida que descabaló mi existencia para siempre: comencé a relacionarme con Nuria, una compañera de trabajo con la que compartía aficiones comunes, sus delicados rasgos, su cabello liso y negro, sus sorprendentes e hipnóticos ojos café claro y su voluptuoso cuerpo. A la hora del desayuno nos encontrábamos en los servicios de las oficinas del trabajo para demostrarnos nuestra pasión. Nuria me sorprendió por su capacidad de sumisión y su necesidad de que yo guiara su placer, casi de forma semejante a como yo lo hacía con Matumissa. Nuestros encuentros en los servicios se convirtieron en una de mis mayores fuentes de placer. Tenía una nueva esclava, ahora mi favorita, y lo mejor es que no había pagado absolutamente nada por ella.
Pero en casa las cosas ya no fueron igual que siempre. Pude percibir en Matumissa un cambio de actitud. Notaba su mirada fría y rencorosa, tan distante que se me ponían los pelos de punta. Creo que sospechó desde el primer día que le era infiel. Mi capacidad para doblegarla disminuyó de día en día, intuía que la fuerza que yo perdía le daba más vida a ella. Cuando llegaba a casa, sus ojos fijos en mí conseguían acongojarme hasta tal punto, que comencé a temerla. No sólo eso, incluso mis relaciones con mi compañera también se vieron afectadas. Me sentía culpable de estar con otra mujer que no fuera mi esclava, parecía que una invisible cadena había unido nuestras vidas de tal manera que llegué a pensar que posiblemente la muerte fuera la única forma de recuperar mi perdida libertad. Tenía que matar a Matumissa, para sobrevivir yo, acabar con aquellos ojos que me torturaban cada noche, los mismos que antiguamente me habían parecido tan maravillosos. Acabaría con ella para siempre, ya no deseaba ser su amo, porque realmente había dejado de serlo el mismo día que le dejé de ser fiel. Ahora quería romper las cadenas y volver a tener una vida normal.
Aquella noche cogí el cuchillo más grande que encontré en el cajón de los cubiertos de la cocina, me dirigí al dormitorio donde ya estaba ella en la cama esperando mi llegada y se lo clavé una y otra vez. Sentí que la debilidad se apoderaba de mis músculos. La miré y pude comprobar que había muerto. Mi muñeca de silicona quedó completamente destrozada, trozos de su cuerpo quedaron esparcidos por toda la estancia y un frío mortal inundó mi ser. En ese instante sentí un infinito vacío y un total arrepentimiento por el daño cometido, jamás volvería a tener en mis brazos a mi dulce esclava siliconada, jamás volvería a hacer el amor con ella, a besarla y a quedarme embelesado con sus ojos. Me di cuenta sin embargo de que ni siquiera su muerte había logrado que yo recuperara mi independencia, que al comprarla había sellado un vínculo eterno del que no me podría zafar jamás. Miré el cuchillo y obedecí aquellas voces interiores que me impelían a seguir con ella, convenciéndome de que era lo mejor para ambos. ¿Qué más daba que nuestra unión fuera en vida o en muerte?
Recorté aquella maravillosa imagen, digno boceto de una altiva reina futura protagonista de mis sueños más ardientes y la pegué con cuidado ritual en la desnuda pared del dormitorio del pequeño apartamento de alquiler en el que yo vivía. Tenerla siempre presente en el cabecero de mi cama me servía de diario estímulo para intentar esforzarme lo posible para ser en fechas no muy tardías su propietario. Por ella trabajé duramente en el almacén quedándome a hacer horas extras hasta el desmayo. Al trabajar más y estar más cansado, salía menos, con lo que eso tenía de bueno para mi economía, ya que apenas gastaba nada que no hubiera antes presupuestado en mi cuadernillo donde lo apuntaba todo.
Cada noche rozaba su foto con las yemas de mis dedos, le daba un apasionado beso que abarcaba todo su cuerpo y me acostaba, no sin antes dejar volar mi imaginación a un futuro no muy lejano en el que ambos compartiríamos el mismo techo. Me imaginaba mi vida a su lado, las eternas noches de sexo y goce y la pasión que envolvería mi vida para siempre. Por fin lograría ser feliz.
Quería bautizar a mi futura compañera con un nombre digno de ella que la describiera en toda su magnitud y que mostrara a su vez, todo lo que era capaz de inspirarme cuando la miraba, pero ninguno me convencía plenamente. No en vano, era la primera vez en mi vida que iba a comprar una esclava y no quería dejar pasar de largo el más mínimo detalle. No deseaba un nombre corriente, nadie que existiera en el mundo podría llegar a acercarse en belleza y encanto a su persona.
Poco a poco mi cuenta fue engordando y por fin conseguí el dinero suficiente para comprarme mi esclava, a la que cariñosamente apodé “sin nombre”. Contacté telefónicamente con el proveedor de aquellas sumisas muchachas que habían nacido para dar placer carnal y quedé en ir a recoger la mía esa misma tarde. Estaba deseoso por ejercer de amo y ese pensamiento es el que me provocaba de continuo recurrentes erecciones que ni siquiera pude evitar mientras conducía mi coche al ir a su encuentro. Estaba nervioso, me sudaban las manos y me sentía igual que un inquieto novio que camina ante el altar.
Cuando llegué a la dirección que me habían indicado por teléfono, me sorprendí al ver más esclavas, tan bellas o incluso más que mi futura compañera, pero ninguna de ellas había compartido conmigo las noches pasadas de onanismo compulsivo así que me fui directamente al lugar donde mi bella sumisa de rasgos eslavos ya me esperaba. Pagué al vendedor al contado y la llevé a su nuevo hogar.
No me importaba, tal y como me advirtió el vendedor, que fuera completamente muda. No necesitaba hablar con ella, ni quería que me preguntara cada tarde si me había ido bien en el trabajo, ni tampoco que me discutiera ninguno de mis comentarios. Yo era el amo y ella mi esclava sumisa, eso era un hecho indiscutible. La había comprado para follarla hasta la extenuación, hacerla mía y poseerla cuando a mí me apeteciera. No podía existir mayor placer para mí. Sus deseos irían ligados desde ese momento a los míos, su placer sería mi propio placer y mis apetitos carnales, la causa de su existencia.
Cuando llegué a casa, la despojé impaciente de la túnica negra que tapaba su cuerpo y sin poder esperar siquiera a desvestirme, la tumbé en la cama, bajé la bragueta de mis pantalones y la desvirgué para siempre sin contemplaciones. El placer de poseer por primera vez a mi esclava fue insuperable, jamás había conseguido encontrar a ninguna mujer que se plegara a mis órdenes como ella lo hacía y sentir que la había encontrado elevó mi ego maltratado tanto por el paso de los años como por aquellas mujeres que había conocido y me habían destrozado psicológicamente. Mi esclava ni se inmutó, había aprendido cómo debía comportarse y se dejó hacer. Me sentí un triunfador por primera vez en mi vida, atractivo, fuerte y poderoso. Estaba pletórico gracias a ella.
Mi muda esclava seguía al pie de la letra y con una obediencia encomiable, todos mis mandatos. Su presencia disparaba mi imaginación y cada tarde, cuando llegaba a casa tras una dura jornada de trabajo, solía esperarme desnuda a cuatro patas como una montura fiel sobre la alfombra de rallas azules de mi salón. Ver sus labios mayores, entrever la abertura de mi pozo de los deseos y contemplar sus pechos eran suficientes motivos para no perder ni un solo segundo y poseerla sin dilación. Intentaba controlar mis eyaculaciones para disfrutar lo máximo posible, pero sus apreturas me producían tempranas sacudidas en todo mi ser.
A medida que fueron pasando los días me resultó insuficiente disfrutar de ella a escondidas en mi casa, quería presumir de mi esclava y comenzamos a salir de excursión en mi coche, habitualmente elegíamos el bosque como destino. Allí, entre los árboles y con el excitante riesgo de ser descubiertos, hacíamos el amor. Mi esclava a la luz del sol me resultaba todavía más atractiva.
Casualmente leyendo una revista que acababa de comprar en el quiosco de la esquina de mi casa, encontré un artículo en el que se hacía referencia precisamente a la historia de un pequeño pueblo de Puerto Rico llamado Vieques, poblado en el siglo XIX por un sinfín de esclavas. En el reportaje se daba el listado de los nombres de aquellas mujeres esclavizadas en esa época, leí la lista de corrido y de inmediato encontré el nombre que estaba buscando: Matumissa. Me parecía exótico, original y estaba dotado de una maravillosa musicalidad, era un nombre digno de mi bella esclava.
Matumissa se convirtió en el centro de mi vida. Creo que poco a poco aprendí a amarla. Me gustaba su ausencia de iniciativa, de voz y su total rendición a mis deseos. Cuando llegó el invierno, volvimos a recluirnos en casa y disfrutábamos de las largas noches de invierno abrazados en la cama. Me gustaba sentir sus pechos desnudos en mi torso y rozar sus suaves piernas. Enredaba su pelo entre mis dedos y su relajante olor me adormecía hasta que caía por fin en un profundo sueño.
La desbordada imaginación y la inspiración de tenerla hicieron que me convirtiera en un adicto comprador de productos eróticos. Mi arsenal de esposas, látigos y todo tipo de artículos sadomasoquistas era impresionante, tanto, que tuve que hacer limpieza por primera vez en mi casa para hacerles hueco. Me tomaba mi tiempo cada noche en elegir el instrumento que utilizaría con ella. Disfrutaba atando a mi sumisa esclava a la cama, azotarla sin compasión con uno de aquellos coloridos látigos para posteriormente follarla hasta el desmayo. Pero al igual que comencé a amarla también comencé a enfermar de celos. Me volvía loco pensando por las mañanas mientras trabajaba en la posibilidad de que tuviera un amante a escondidas. Al llegar a casa necesitaba demostrar mi pleno dominio sobre ella y la poseía en el suelo, atándola fuertemente con una maroma a una pata de la cama, mientras azotaba sus desnudos glúteos una y otra vez a modo de castigo para ella y de goce para mí.
Pasaron los meses y ocurrió algo en mi vida que descabaló mi existencia para siempre: comencé a relacionarme con Nuria, una compañera de trabajo con la que compartía aficiones comunes, sus delicados rasgos, su cabello liso y negro, sus sorprendentes e hipnóticos ojos café claro y su voluptuoso cuerpo. A la hora del desayuno nos encontrábamos en los servicios de las oficinas del trabajo para demostrarnos nuestra pasión. Nuria me sorprendió por su capacidad de sumisión y su necesidad de que yo guiara su placer, casi de forma semejante a como yo lo hacía con Matumissa. Nuestros encuentros en los servicios se convirtieron en una de mis mayores fuentes de placer. Tenía una nueva esclava, ahora mi favorita, y lo mejor es que no había pagado absolutamente nada por ella.
Pero en casa las cosas ya no fueron igual que siempre. Pude percibir en Matumissa un cambio de actitud. Notaba su mirada fría y rencorosa, tan distante que se me ponían los pelos de punta. Creo que sospechó desde el primer día que le era infiel. Mi capacidad para doblegarla disminuyó de día en día, intuía que la fuerza que yo perdía le daba más vida a ella. Cuando llegaba a casa, sus ojos fijos en mí conseguían acongojarme hasta tal punto, que comencé a temerla. No sólo eso, incluso mis relaciones con mi compañera también se vieron afectadas. Me sentía culpable de estar con otra mujer que no fuera mi esclava, parecía que una invisible cadena había unido nuestras vidas de tal manera que llegué a pensar que posiblemente la muerte fuera la única forma de recuperar mi perdida libertad. Tenía que matar a Matumissa, para sobrevivir yo, acabar con aquellos ojos que me torturaban cada noche, los mismos que antiguamente me habían parecido tan maravillosos. Acabaría con ella para siempre, ya no deseaba ser su amo, porque realmente había dejado de serlo el mismo día que le dejé de ser fiel. Ahora quería romper las cadenas y volver a tener una vida normal.
Aquella noche cogí el cuchillo más grande que encontré en el cajón de los cubiertos de la cocina, me dirigí al dormitorio donde ya estaba ella en la cama esperando mi llegada y se lo clavé una y otra vez. Sentí que la debilidad se apoderaba de mis músculos. La miré y pude comprobar que había muerto. Mi muñeca de silicona quedó completamente destrozada, trozos de su cuerpo quedaron esparcidos por toda la estancia y un frío mortal inundó mi ser. En ese instante sentí un infinito vacío y un total arrepentimiento por el daño cometido, jamás volvería a tener en mis brazos a mi dulce esclava siliconada, jamás volvería a hacer el amor con ella, a besarla y a quedarme embelesado con sus ojos. Me di cuenta sin embargo de que ni siquiera su muerte había logrado que yo recuperara mi independencia, que al comprarla había sellado un vínculo eterno del que no me podría zafar jamás. Miré el cuchillo y obedecí aquellas voces interiores que me impelían a seguir con ella, convenciéndome de que era lo mejor para ambos. ¿Qué más daba que nuestra unión fuera en vida o en muerte?
lunes, 11 de enero de 2010
Kumiko tercera parte.
La tarde del sábado se ha dejado ir, llega la noche, y es cuando la soledad y tu ausencia me desespera, suena mi celular, tengo miedo, al mismo tiempo quiero decirte ¡ERES MI CANCIÓN FAVORITA! Te extraño. Pero no contesto, siento que no me dirás nada, que solo aumento tu confusión, se que me quieres, piensas en mi, la usencia de mis brazos, mis besos, mi seguridad y mi pasión las necesitas.
Me encuentro en el cuarto cigarrillo del insomnio.
La usencia de tu cuerpo recostado sobre la cama donde nuestros cuerpos eran perfectos y libres.
La ausencia de rosar con mi mano tu pelo, tus caderas, después de haber hecho el amor con virtuosismo, solo tengo el recuerdo de tu ausencia…..
Que triste luce todo sin ti, los mares de las playas se van, se tiñen los colores de gris. Hoy todo es soledad.
Apago la luz. Bailamos al compás de una balada. Nos besamos. Sensualidad, hipnosis. Nuestros cuerpos dialogan con la noche; pétalos que suspiran sobre tu cuerpo. Pronuncio tu nombre en silencio. Pronuncias el mío en quietud. Jugamos a Lolita y Humbert. Una copa, un cigarrillo. Sombras. Nuestros temperamentos hiperactivos, relajados. Enciendo la lámpara. El espejo ¿Borges en la habitación? Baño tu cuerpo de Brandy, cubres el mío de yogurt.
Leche y vino. Las sábanas gimen de placer. Te leo un cuento; otra copa de vino, otro cigarrillo. Felipe se quedó dormido. Un naipe: prenda por prenda. Alguien llama a la puerta. Lucia en un plan de ménage a trois. Denegamos la propuesta. Ahora soy tu psicoanalista. Cuéntame tus fantasías, no te reprimas. Correcto, una paleta bambino en tu clítoris. Orgasmo. Chupo el helado hasta que se derrite en mis labios. Otra copa. El reloj: tic- tac, tic-tac. De nuevo, la entrega, fantasías. Apago la luz.
Quisiera gritarte que vuelvas conmigo, que si aun estoy vivo solo es para amarte.
Yo soy esa palabra que tú nunca dijiste, que se quedo guardada, que se quedo tan triste.
Nuestras pieles tiemblan sin control por el tabú existente dentro de la recóndita alma del cuerpo. Me es difícil, no puedo, controlar aquella lluvia de besos la cual descargo sobre tu piel morena y lozana en la penumbrosa habitación donde nos hallamos, y caemos en silencios reconfortables, donde tu fragancia me baña.
El sol apenas es un grano de arena cuyo resplandor jamás se interpondrá en lo que siento por ti. No sé que sientes por mí (empero si lo se y lo siento). No obstante, es en esos breves instantes de algarabía cuando me transformo de un hidalgo senil a un juglar jovial quien toca la más hermosa rapsodia de cuyo conocimiento intuye aquel sentimiento compartido. Cuan poco me importa la vejes, el sufrimiento y la alegría. Sólo sé quien me importa eres tú.
Soy un hombre sensato que te puede y quiere querer y amar como un loco, apasionado y desenfrenado; pero nunca como un necio obsesionado.
Kumiko: La confusión incrementa, ahora yo dormiré. ¡UNA ROSA ME OBSERVA!
Gsus.
KUMIKO segunda parte.
Mientras lees esto, escucha el video.
Estoy en el rincón de mi habitación, recordando tu olvido con una canción.
¿Quién no sabe en esta vida la traición tan conocida que nos deja en el olvido?
Pensé que te sentías a gusto conmigo, que jamás te apartarías de mí, que yo era todo para ti. Estoy confundido. Aún recuerdo aquellas maravillosas noches juntos, eternas e inolvidables.
Cuando después de haber hecho el amor con pasión y virtuosismo, te sentabas en el sillón que esta junto a la ventana, la abrías, mirabas las estrellas y el reflejo de la luna daba en tu cara.
Me sentía superior a cualquiera, pero al sentir tu olvido me dio tanta rabia que quise llorar.
Ansiedad de sentirte entre mis brazos musitando palabras de amor y en la boca volverte a besar, ansiedad de no permanecer en tu olvido.
Yo no soy como los demás, te lo demostré y quedo en el olvido. Te enseñe a olvidar tus demonios internos, pero tu no terminaste de cerrar tus círculos que mantenías en el olvido.
Hago un esfuerzo y puedo notar tus manos sobre mí, la suavidad de tu piel me embriagaba, el calor que desprendían me hacía vibrar, me sentía pleno de vida en esos dichosos instantes. En ocasiones abrías la ventana, pero no era suficiente para bajar la temperatura ni aliviar mi sofoco. Ni siquiera aumentar la velocidad del ventilador merecía la pena, nada evaporaba mi pasión por ti. Sé que sentías lo mismo que yo a pesar de que nada dijeras. No soy presuntuoso, tenía certeza de tu amor. ¿Por qué tantas horas juntos? ¿Por qué aquella luna me vuelve loco.
No hace falta que salga la luna, ni hace falta que el cielo este lindo. No encuentro las palabras precisas para revivirte y no permanecer en tu olvido. A veces me siento poeta, y te escribo aforismos y versos de amor.
Quise hallar el olvido al estilo Jalisco, me canse de mi llanto en los ojos, no me resigno a olvidarte, pero ya estaba escrito que aquella noche perdiera tu amor y me encuentre en tu olvido.
Kumiko: Soy una mala mujer, no puedo corresponderte por el momento, pero no me arrepiento de haberte besado, y sí, dentro de mi hay algo que siento por ti. ¡¡I ROCK YOU!!
viernes, 1 de enero de 2010
Kumiko.
Silencio absoluto, me estremezco al sentirlo. Las horas pasan demasiado despacio para mí, las siento eternas. ¿Por qué te has marchado de mi lado? Me siento vacío, inútil, todo me resulta absurdo, incluso hasta mi propia existencia. ¿Cuántos días han pasado desde que te fuiste? Ya no lo recuerdo. En vano me esfuerzo por hacer memoria, estoy bloqueado. Mis ilusiones se han esfumado, la alegría que me producía verte feliz a mi lado queda ya demasiado lejana. Te echo de menos…
Mi amor esta por los suelos y tu amor tan alto, que solo mira mis desconsuelos, sabiendo que soy un hombre que esta muy lejos del cielo, y tu no sabes mirar para abajo.
Recuerdo la habitación donde te dibujaba y tú sin indumentaria, donde por las noches el humo pesado va y viene.
¿Dónde esta la mujer de pelo castaño y piel morena?
Mujer mestiza y ardiente.
Voz de rayo de luna llena.
¿Y el vaso de whisky, el lápiz en mano dibujándote desnuda?
Cuando tocaba la guitarra, veía tus ojos cafés, me gusta perderme en tu mirada, estar dentro de ti.
¿Dónde estas paloma negra?
¿Dónde quedaron los abrazos y roces fuera de este escenario mundano, en el cual me llevas a la pasión prohibida, la cual desencadenas bajo esas miradas culpables?
Solo me queda el último brindis de un bohemio con una reina.
¿Ya habrá estado escrito que aquella noche perdiera tu amor?
¿Recuerdas cuando llegó la noche, y apareció la luna iluminando tu cara?
Anhelo estar contigo, aunque estés muy lejos de mis sabanas, donde por las noches de luna nos perdíamos en la pasión absoluta.
Recuerdo el día de mi maldita inseguridad, y ese día tú esperabas algo, el cual no pude concretar.
Kumiko: No me molesta, me saca de algo cotidiano, de algo a lo que no estoy acostumbrada, es sorpresivo y repentino y tengo miedo.
Mi amor esta por los suelos y tu amor tan alto, que solo mira mis desconsuelos, sabiendo que soy un hombre que esta muy lejos del cielo, y tu no sabes mirar para abajo.
Recuerdo la habitación donde te dibujaba y tú sin indumentaria, donde por las noches el humo pesado va y viene.
¿Dónde esta la mujer de pelo castaño y piel morena?
Mujer mestiza y ardiente.
Voz de rayo de luna llena.
¿Y el vaso de whisky, el lápiz en mano dibujándote desnuda?
Cuando tocaba la guitarra, veía tus ojos cafés, me gusta perderme en tu mirada, estar dentro de ti.
¿Dónde estas paloma negra?
¿Dónde quedaron los abrazos y roces fuera de este escenario mundano, en el cual me llevas a la pasión prohibida, la cual desencadenas bajo esas miradas culpables?
Solo me queda el último brindis de un bohemio con una reina.
¿Ya habrá estado escrito que aquella noche perdiera tu amor?
¿Recuerdas cuando llegó la noche, y apareció la luna iluminando tu cara?
Anhelo estar contigo, aunque estés muy lejos de mis sabanas, donde por las noches de luna nos perdíamos en la pasión absoluta.
Recuerdo el día de mi maldita inseguridad, y ese día tú esperabas algo, el cual no pude concretar.
Kumiko: No me molesta, me saca de algo cotidiano, de algo a lo que no estoy acostumbrada, es sorpresivo y repentino y tengo miedo.
domingo, 23 de marzo de 2008
La Biblia y Dictadura en la Iglesia.
Una dictadura es un estado en el que todos temen a uno y uno a todos'
(Alberto Moravia)
En el artículo anterior veíamos algunos de los principios neotestamentarios para el gobierno responsable de la iglesia y que, aunque dichos textos no invitan a otorgar todas las capacidades de decisión en la congregación local, tampoco abogan por la ausencia de sistemas de control y protección del desarrollo de la labor de liderazgo pastoral. Además de algún ejemplo recogido en la literatura patrística más temprana –que ya vimos–, también en el primer concilio de la Iglesia narrado en Hechos 15 se corrobora la participación de toda la congregación en la elección de individuos para responsabilidades de relevancia: “Entonces pareció bien a los apóstoles y a los ancianos, con toda la iglesia, elegir de entre ellos varones y enviarlos…” (Hechos 15, 22).
Finalmente, leemos que desde Jerusalén se envía a Antioquia la resolución del concilio firmada por “los apóstoles, los ancianos y los hermanos” (vs. 23) tras “llegar a un acuerdo” (vs. 25). En Hechos 6, 2-6 también se describe la elección de cargos –diáconos en este caso– para la iglesia local con el visto bueno vinculante de la congregación: “Entonces los doce convocaron a la multitud de los discípulos, y dijeron: No es justo que nosotros dejemos la palabra de Dios, para servir a las mesas. Buscad, pues, hermanos, de entre vosotros a siete varones de buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, a quienes encarguemos de este trabajo. Y nosotros persistiremos en la oración y en el ministerio de la palabra. Agradó la propuesta a toda la multitud; y eligieron a Esteban, varón lleno de fe y del Espíritu Santo, a Felipe, a Prócoro, a Nicanor, a Timón, a Parmenas, y a Nicolás prosélito de Antioquia; a los cuales presentaron ante los apóstoles, quienes, orando, les impusieron las manos”. Aunque se trata de un asunto de Perogrullo, es obvio que además de encontrarnos ante una exhortación bíblica, este sistema de protección posee diferentes y sólidos argumentos funcionales de salvaguarda que no poseen los modelos dictatoriales.
La historia ha sido testigo de las consecuencias que se han derivado de la puesta en práctica o del menosprecio de estas advertencias bíblicas. En la época de los absolutismos europeos, la invención de la imprenta de tipos móviles por parte de Gutenberg supuso un punto de inflexión en el devenir de la humanidad. Gracias a que la Biblia comienza a editarse en lenguas vernáculas, la Reforma Protestante comienza a proclamar el fundamento bíblico que establece que, “como está escrito: No hay justo, ni aun uno” (Romanos 3, 10). Del mismo modo, los nuevos lectores de la Biblia, a quienes hasta entonces se les había adiestrado para no cuestionar ninguna decisión proclamada por la jerarquía católica, descubrían que las Escrituras declaraban los principios de sometimiento mutuo que venimos viendo.
Aunque, por desgracia, la cuestión ha cambiado en algunos contextos evangélicos actuales, el protestantismo tiene unas características históricas que conviene recordar; como bien se recoge en la Enciclopedia Encarta, del término “protestantismo” se debe afirmar que: “Los líderes de la Reforma reaccionaron contra la institución católica del sacerdocio exaltando el 'sacerdocio de todos los creyentes' […]. Mientras que el sacerdote católico se considera un administrador de la gracia de Dios a través de los sacramentos, el ministro protestante se considera un laico que ha sido formado para realizar ciertas funciones dentro de la Iglesia. Como consecuencia de esta creencia en la igualdad esencial de todos los miembros de su comunidad o confesión, el gobierno de las Iglesias protestantes siempre ha tenido una tendencia democrática…”. Amén.
En el siglo XVI, algunas confesiones –como los puritanos– optaron por dividir los procedimientos del gobierno de la iglesia en diferentes estamentos a modo de control y contrapeso entre sí, como medida de protección ante las inevitables tentaciones de corrupción que acechan a cualquier tipo de poder, incluido el religioso. Es triste comprobar cómo algunos líderes eclesiásticos de hoy se han olvidado de que “no hay justo, ni aun uno”, y que esto les atañe también a ellos, por muy santos y libres de tentación que se consideren.
Aunque el tema aquí abordado es principalmente la creciente tendencia dictatorial en algunos círculos evangélicos, no se debería concluir esta serie sin un llamado colectivo a la integridad y a la enorme responsabilidad que supone para todos el ser parte de este espléndido principio de sometimiento mutuo. A nadie se le escapa que a una inmensidad de fieles puede resultarles más cómodo despojarse de este llamamiento bíblico y depositar todo el peso de la dirección de la iglesia en una o en pocas personas. Pero el escamoteo de la responsabilidad no puede apagar la fuerza del privilegio que supone que, en un mundo en el que se cometen tantos abusos y manipulación, resulte tan hermoso y emocionante que cada uno de nosotros, seres imperfectos y soberbios, podamos ser parte del rumbo y la obra de la Iglesia fundada por Jesucristo.
Cuanto más conscientes somos los miembros del Cuerpo de Cristo de la gran responsabilidad que supone ser partícipes de las decisiones más importantes de la congregación, más cerca estaremos de comprender la necesidad de santidad individual. La participación comprometida de todos los creyentes hace que la comunión y el sometimiento mutuo de los que nos habla la Escritura sean así firmes y coherentes. Por tanto, resulta fundamental la asunción de un temor de Dios que nos lleve continuamente a la dependencia de Él, a velar para que todos vivamos en comunión madura con Dios y con los demás; fundados en una relación horizontal y vertical sin rendijas. Nada más hermoso que ser parte de la definitiva obra del Creador del universo en esta tierra. Aunque no lo merezcamos.
“Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno” (Juan 17, 20-22).
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