Fugazmente busco tu mirada
No estás mirándome
Me acerco marcando presencia y
Sin tocarte
No mueves de tu cuerpo, ni una parte.
Alejándome apenas media vuelta
Iba tu ritmo acelerándose,
Inerte!
...bebí mi trago suavemente
Bebiste tu jugo como ausente.
Doblé la servilleta
Pensante...
Giraste
Arrogante...
No entendía el juego de tu mente.
Fueron diez minutos
Ablandaste la química existente...
Y de rodillas ante mi caíste
Inquieto observé tu semblante
Tus ojos y labios rojos...
Dolientes
Mudo advertí suplicante
Tu fuego interior era casi
demoliente.
Busqué tu mirada ardiente
Detuviste tus ojos... amantes
Esperé tu palabra
Pendiente
Arrastraste mis manos
Vibrantes
Mi frente en tu frente apoyada
Atrapaste mi boca
Anhelante
Palpitante e impaciente
Me encendí
Y hasta el lecho me llevaste
Por mi piel te sentí imponente
Tus caricias sudorosas
Y calientes
De dicha calmante exploté...
Vertiste tu amor por mi cuerpo
...urgente
Y tanta dicha sentías...
Agobiante
Que nuestro abrazo nos durmió
...sonrientes
Gsus
jueves, 1 de abril de 2010
Imaginación en la Realidad.
Mi cigarrillo se quema ente mis dedos, y me
Acompaña la noche, el amor,
La huella y tú, nada más tú.
Pero, todo es solo una huella, y tú,
Inclusive tú.
Mientras soy, el caminante
Que avanza hacia ti.
Nuestro tiempo es circular,
Somos planetas que giran,
Como Marte y Mercurio alternativamente,
Y el sol nos ilumina,
Al otro lado el giro se ve,
Desde aquí únicamente la imaginación.
Me gusta abrazarte, empero me confundías
Cuando accedías a mis deseos malinterpretados.
Mar, imagino que mi felicidad eres tu, empero no imagine que
Al no tenerte me traías desgracias, por eso no
Veo el día en que me levante y deje de imaginarte
Para que sea la imaginación en la realidad.
Sin reglas, ni horarios, sin
Solo estar los fines de semana
Dejando de imaginar tus besos, caricias
Tus ojos, tus senos perfectos.
No quiero que solo sea mi imaginación,
Quiero dejar de imaginar.
Gsus.
No es que tenga miedo.
Hoy tengo miedo de salir y no verte en el ir y venir de la gente
Tengo miedo que dejes de quererme,
Miedo a la ausencia de tus labios.
Dejar de escuchar tu voz por las noches,
Al no tener tus caricias, y dejes de pensarme,
Que cierres tus ojos y corazón.
Miedo a que mis manos no recorran tu cuerpo
entren por tu cintura y se refugien en ella.
Tengo miedo que dejes de sentir la seguridad y
Protección que sientes a mi lado,
Miedo a esperarte mucho tiempo,
Mis días de miedo son los Lunes, Martes, Miércoles
Jueves y viernes.
Miedo a que solo juegues y
Solo este los fines de semana.
No poder dibujar con mi dedo tu boca.
Miedo a no tener tus brazos cuando mi alma llora.
Tengo miedo a mi cama, la calle
El bosque y la vieja cafetería,
Porque me haces falta.
Miedo a no tener tu fragancia oscura,
Y que mi cuerpo se pudra en tu espera.
Miedo a dejar de escribir tu nombre en la oscuridad del silencio
Dejar de beberte, inhalarte, embriagarme de ti.
Y sin embargo mi gran miedo….
Es no verme reflejado en tus ojos.
Gsus.
Tengo miedo que dejes de quererme,
Miedo a la ausencia de tus labios.
Dejar de escuchar tu voz por las noches,
Al no tener tus caricias, y dejes de pensarme,
Que cierres tus ojos y corazón.
Miedo a que mis manos no recorran tu cuerpo
entren por tu cintura y se refugien en ella.
Tengo miedo que dejes de sentir la seguridad y
Protección que sientes a mi lado,
Miedo a esperarte mucho tiempo,
Mis días de miedo son los Lunes, Martes, Miércoles
Jueves y viernes.
Miedo a que solo juegues y
Solo este los fines de semana.
No poder dibujar con mi dedo tu boca.
Miedo a no tener tus brazos cuando mi alma llora.
Tengo miedo a mi cama, la calle
El bosque y la vieja cafetería,
Porque me haces falta.
Miedo a no tener tu fragancia oscura,
Y que mi cuerpo se pudra en tu espera.
Miedo a dejar de escribir tu nombre en la oscuridad del silencio
Dejar de beberte, inhalarte, embriagarme de ti.
Y sin embargo mi gran miedo….
Es no verme reflejado en tus ojos.
Gsus.
El día de la Hipocresía.
Cada vez me siento más ajeno a esta ciudad ¿Por qué? El pasado 14 de febrero fue solo un día más, un fin de semana como cualquier otro, pero con una gran mercadotecnia manipuladora para las parejas amorosas ¿acaso solo ese día se tiene que expresar amor y amistad? ¿Solo ese día es cuando se tiene que llamar para consolidar la amistad? Que patético, ese día andaba en la calle (en la estación del suburbano Buenavista) y pude escuchar como varias personas hacían sus llamadas para felicitar a sus amigos “¿ray que tal como estas? No pues solo hablo para desearte un buen día de la amistad” ¡eso qué! Y sin olvidar la cantidad de personas que se gastaron un varote en un restaurante de la avenida insurgentes.
Odio el 14 de febrero, ¿Qué se celebra? ¿Amor y amistad? Ese día todo esta muy caro, y para quedar bien con la persona, se gasta innecesariamente en cualquier cosa, globos gigantes (esos que venden en insurgentes) chocolates, comidas muy caras, osos de peluche, flores, joyas y una inmensa lista. ¿Dónde quedo la originalidad? ¿Acaso es necesario un regalo? Hay otras formas en demostrar el amor que sentimos hacia la otra persona, como ir a una cabina de radio de FM para dedicarle algunas canciones y escritos, esperar 1 hora en el suburbano (y sin olvidar imprimir los comprobantes de recarga en la tarjeta) dar tiempo a la persona, llevarla a una cafetería de inicios del año 1900, a comer unos churros, o mandarle besos por teléfono jajaja chiste local. Pero no todo es muy encantador el 14 de febrero, porque algunas personas no llegan a tiempo a su cita (o los dejan plantados mientras están viendo el partido), terminan un noviazgo, dejan plantada a la persona. La infidelidad esta a tope, sino me creen vean los hoteles de Tlalpan llenos de parejas que son amantes, el jefe se lleva a su secretaria, el vecino con la vecinita, etc. etc.
Y si, una vez más lo escribo, todo esta muy caro, una comida en un día normal por mucho cuesta $200 por persona, ese día ¡más de $300 por persona! hay mucho tráfico, muchos tríos musicales supuestamente románticos y solo me causan flojera, que tocan las mismas de cada año. Solo esos días las parejitas están muy enamoradas, no discuten, no se fijan en sus defectos. Pero los otros días del año, se pelean, se gritan y hasta pueden llegar a golpearse, ¡pero en 14 de febrero nunca! Hay que mantener viva la tradición del amor y la amistad, por un solo día hay que amar y ser buenos con los amigos ¿Y los otros días del año? Todo lo contrario. En fin que hayan disfrutado su día de San Valentín haiga sido como haiga sido.
Mientras yo me la pase esperando. (jajaja chiste local)
Gsus
Odio el 14 de febrero, ¿Qué se celebra? ¿Amor y amistad? Ese día todo esta muy caro, y para quedar bien con la persona, se gasta innecesariamente en cualquier cosa, globos gigantes (esos que venden en insurgentes) chocolates, comidas muy caras, osos de peluche, flores, joyas y una inmensa lista. ¿Dónde quedo la originalidad? ¿Acaso es necesario un regalo? Hay otras formas en demostrar el amor que sentimos hacia la otra persona, como ir a una cabina de radio de FM para dedicarle algunas canciones y escritos, esperar 1 hora en el suburbano (y sin olvidar imprimir los comprobantes de recarga en la tarjeta) dar tiempo a la persona, llevarla a una cafetería de inicios del año 1900, a comer unos churros, o mandarle besos por teléfono jajaja chiste local. Pero no todo es muy encantador el 14 de febrero, porque algunas personas no llegan a tiempo a su cita (o los dejan plantados mientras están viendo el partido), terminan un noviazgo, dejan plantada a la persona. La infidelidad esta a tope, sino me creen vean los hoteles de Tlalpan llenos de parejas que son amantes, el jefe se lleva a su secretaria, el vecino con la vecinita, etc. etc.
Y si, una vez más lo escribo, todo esta muy caro, una comida en un día normal por mucho cuesta $200 por persona, ese día ¡más de $300 por persona! hay mucho tráfico, muchos tríos musicales supuestamente románticos y solo me causan flojera, que tocan las mismas de cada año. Solo esos días las parejitas están muy enamoradas, no discuten, no se fijan en sus defectos. Pero los otros días del año, se pelean, se gritan y hasta pueden llegar a golpearse, ¡pero en 14 de febrero nunca! Hay que mantener viva la tradición del amor y la amistad, por un solo día hay que amar y ser buenos con los amigos ¿Y los otros días del año? Todo lo contrario. En fin que hayan disfrutado su día de San Valentín haiga sido como haiga sido.
Mientras yo me la pase esperando. (jajaja chiste local)
Gsus
Mar y el fin del mundo.
Te digo adiós y… ¿Acaso te quiero todavía?
Quizás no he de olvidarte, pero te digo adiós.
No sé si me quisiste... No sé si te quería...
Me lo demostraste y lo pude sentir.
O tal vez nos quisimos demasiado los dos.
No se si importaron tus dos abandonos de ultima hora.
Este cariño triste, apasionado y loco,
Me lo sembré en el alma para quererte a ti.
Lo demostré de muchas formas,
Te enamore como nadie lo ha hecho.
No sé si te amé mucho... no sé si te amé poco,
Pero si sé que nunca volveré a amar así.
Me queda tu sonrisa dormida en el recuerdo,
Tu mirada de la tarde en el bosque,
Las caminatas sin rumbo,
y el corazón me dice que no te olvidaré;
Pero, al quedarme solo, sabiendo que te pierdo,
Tal vez empiece a amarte como jamás te amé.
Te digo adiós, y acaso, con esta despedida
Mi más hermoso sueño muere dentro de mí...
Pero te digo adiós, para toda la vida,
Aunque toda la vida siga pensando en ti
Y aunque el fin del mundo este por llegar.
Para mí ya lo es desde la noche que te dije adiós
Al colgar el teléfono.
Estoy tranquilo como un domingo por la mañana para
El Fin Del Mundo.
Gsus.
Los Libros del Miedo.
Esto no es broma, al contrario, ellos lo dicen muy serios y habrá que creerles (por desgracia para los débiles y adictos a la payola), pues al parecer hasta algunas casas editoriales están interesadas en publicar lo que pudieran contar. Lo más extraño del asunto es que hablamos de un país donde, aseguran los estudios, la gente no lee, y personajes como Carmen Campuzano, El Pato Zambrano o Cervantes Landa —el agresor de Fabiruchis— dicen que están escribiendo un libro, ya tenemos suficiente con las porquerías de libros de Carlos Cuauhtémoc Sánchez, los libros de Luna nueva y demás payola escrita. La pregunta es, ¿usted compraría el libro de un tipo como Cervantes Landa, ya que lo único que ha hecho es admitir de manera pública que se dedica al sexo servicio y como supimos golpeó casi hasta la muerte a un comunicador?(si es que a eso se le llama comunicador)... por lo menos éste que escribe no lo compraría.
En otro lado encontramos a un personaje como El Pato Zambrano, quién escribió un texto basado en la vida de una mujer leyenda, como Irma Serrano y obtener una ganancia económica al respecto. El único antecedente comprobable que tenemos del señor es que estuvo encerrado varios meses en la Casa de Big Brother holgazaneando, y que ha sido acusado de ratero y drogadicto por parte de La Tigresa. Creo que tampoco compraría su libro. ¿Por qué no se fomenta de dicha forma los libros de Noam Chomsky, Alejandro Jodorowsky, José Agustín, Erich Fromm, Isaac Asimov, HG Wells? Y de doña Carmen Campuzano, ¿qué se podemos decir? Su “gran chiste” ha sido emborracharse, drogarse y abandonar a sus hijas. En resumidas cuentas, los libros por parte de los personajes del medio artístico carecen de sustancia, y les puedo asegurar que si los compran no les aportarán absolutamente nada.
En un hospital de Monterrey, Nuevo León, nació la primogénita de Ernesto D’Alessio, quien vuelve abuela a la cantante, y permítanme decirles que la felicidad de Guadalupe, del mismo Ernesto y, por supuesto, de toda la familia ha sido total, aunque ‘genio y figura hasta la sepultura’ y esto se los digo porque hace tiempo en el programa de Ellas con las Estrellas, Tere Marín pretendió hacerle una broma —de pésimo gusto, por cierto— y la Leona Dormida despertó y las puso en su lugar. Lo que sucede es que a veces a la señora se le van las cabras al monte, pero en esta ocasión las culpables por falta de sencillez y sensibilidad fueron las conductoras del programa regiomontano.
No te olvides que tenemos una cita todos los días de 11:00 a 13:00 horas a través del 98.5 de FM en Reporte última palabra y en No lo cuentes de 17:00 a 18:30 horas por Cadena Tres, canal 28 de televisión abierta y 128 de Cablevisión.
En otro lado encontramos a un personaje como El Pato Zambrano, quién escribió un texto basado en la vida de una mujer leyenda, como Irma Serrano y obtener una ganancia económica al respecto. El único antecedente comprobable que tenemos del señor es que estuvo encerrado varios meses en la Casa de Big Brother holgazaneando, y que ha sido acusado de ratero y drogadicto por parte de La Tigresa. Creo que tampoco compraría su libro. ¿Por qué no se fomenta de dicha forma los libros de Noam Chomsky, Alejandro Jodorowsky, José Agustín, Erich Fromm, Isaac Asimov, HG Wells? Y de doña Carmen Campuzano, ¿qué se podemos decir? Su “gran chiste” ha sido emborracharse, drogarse y abandonar a sus hijas. En resumidas cuentas, los libros por parte de los personajes del medio artístico carecen de sustancia, y les puedo asegurar que si los compran no les aportarán absolutamente nada.
En un hospital de Monterrey, Nuevo León, nació la primogénita de Ernesto D’Alessio, quien vuelve abuela a la cantante, y permítanme decirles que la felicidad de Guadalupe, del mismo Ernesto y, por supuesto, de toda la familia ha sido total, aunque ‘genio y figura hasta la sepultura’ y esto se los digo porque hace tiempo en el programa de Ellas con las Estrellas, Tere Marín pretendió hacerle una broma —de pésimo gusto, por cierto— y la Leona Dormida despertó y las puso en su lugar. Lo que sucede es que a veces a la señora se le van las cabras al monte, pero en esta ocasión las culpables por falta de sencillez y sensibilidad fueron las conductoras del programa regiomontano.
No te olvides que tenemos una cita todos los días de 11:00 a 13:00 horas a través del 98.5 de FM en Reporte última palabra y en No lo cuentes de 17:00 a 18:30 horas por Cadena Tres, canal 28 de televisión abierta y 128 de Cablevisión.
La esclava de mi Vida.
Desde que la vi anunciada en una revista de contactos no pude quitarme su imagen de la cabeza. Me parecía la mujer más perfecta que hubiera existido nunca. Me enamoré de ella nada más verla. Pero sabía que aún no podía pretender poseerla, amarla y hacerla mía para siempre. Mi deseo por ella tendría que esperar algún tiempo, era un caro capricho que mi exiguo presupuesto no podía permitirse. Por aquel entonces yo trabajaba como asalariado en un pequeño almacén y los gastos obligados de cada mes casi se llevaban más de la mitad de mis ingresos y no podía darme ningún lujo por muy placentero que pudiera resultarme.
Recorté aquella maravillosa imagen, digno boceto de una altiva reina futura protagonista de mis sueños más ardientes y la pegué con cuidado ritual en la desnuda pared del dormitorio del pequeño apartamento de alquiler en el que yo vivía. Tenerla siempre presente en el cabecero de mi cama me servía de diario estímulo para intentar esforzarme lo posible para ser en fechas no muy tardías su propietario. Por ella trabajé duramente en el almacén quedándome a hacer horas extras hasta el desmayo. Al trabajar más y estar más cansado, salía menos, con lo que eso tenía de bueno para mi economía, ya que apenas gastaba nada que no hubiera antes presupuestado en mi cuadernillo donde lo apuntaba todo.
Cada noche rozaba su foto con las yemas de mis dedos, le daba un apasionado beso que abarcaba todo su cuerpo y me acostaba, no sin antes dejar volar mi imaginación a un futuro no muy lejano en el que ambos compartiríamos el mismo techo. Me imaginaba mi vida a su lado, las eternas noches de sexo y goce y la pasión que envolvería mi vida para siempre. Por fin lograría ser feliz.
Quería bautizar a mi futura compañera con un nombre digno de ella que la describiera en toda su magnitud y que mostrara a su vez, todo lo que era capaz de inspirarme cuando la miraba, pero ninguno me convencía plenamente. No en vano, era la primera vez en mi vida que iba a comprar una esclava y no quería dejar pasar de largo el más mínimo detalle. No deseaba un nombre corriente, nadie que existiera en el mundo podría llegar a acercarse en belleza y encanto a su persona.
Poco a poco mi cuenta fue engordando y por fin conseguí el dinero suficiente para comprarme mi esclava, a la que cariñosamente apodé “sin nombre”. Contacté telefónicamente con el proveedor de aquellas sumisas muchachas que habían nacido para dar placer carnal y quedé en ir a recoger la mía esa misma tarde. Estaba deseoso por ejercer de amo y ese pensamiento es el que me provocaba de continuo recurrentes erecciones que ni siquiera pude evitar mientras conducía mi coche al ir a su encuentro. Estaba nervioso, me sudaban las manos y me sentía igual que un inquieto novio que camina ante el altar.
Cuando llegué a la dirección que me habían indicado por teléfono, me sorprendí al ver más esclavas, tan bellas o incluso más que mi futura compañera, pero ninguna de ellas había compartido conmigo las noches pasadas de onanismo compulsivo así que me fui directamente al lugar donde mi bella sumisa de rasgos eslavos ya me esperaba. Pagué al vendedor al contado y la llevé a su nuevo hogar.
No me importaba, tal y como me advirtió el vendedor, que fuera completamente muda. No necesitaba hablar con ella, ni quería que me preguntara cada tarde si me había ido bien en el trabajo, ni tampoco que me discutiera ninguno de mis comentarios. Yo era el amo y ella mi esclava sumisa, eso era un hecho indiscutible. La había comprado para follarla hasta la extenuación, hacerla mía y poseerla cuando a mí me apeteciera. No podía existir mayor placer para mí. Sus deseos irían ligados desde ese momento a los míos, su placer sería mi propio placer y mis apetitos carnales, la causa de su existencia.
Cuando llegué a casa, la despojé impaciente de la túnica negra que tapaba su cuerpo y sin poder esperar siquiera a desvestirme, la tumbé en la cama, bajé la bragueta de mis pantalones y la desvirgué para siempre sin contemplaciones. El placer de poseer por primera vez a mi esclava fue insuperable, jamás había conseguido encontrar a ninguna mujer que se plegara a mis órdenes como ella lo hacía y sentir que la había encontrado elevó mi ego maltratado tanto por el paso de los años como por aquellas mujeres que había conocido y me habían destrozado psicológicamente. Mi esclava ni se inmutó, había aprendido cómo debía comportarse y se dejó hacer. Me sentí un triunfador por primera vez en mi vida, atractivo, fuerte y poderoso. Estaba pletórico gracias a ella.
Mi muda esclava seguía al pie de la letra y con una obediencia encomiable, todos mis mandatos. Su presencia disparaba mi imaginación y cada tarde, cuando llegaba a casa tras una dura jornada de trabajo, solía esperarme desnuda a cuatro patas como una montura fiel sobre la alfombra de rallas azules de mi salón. Ver sus labios mayores, entrever la abertura de mi pozo de los deseos y contemplar sus pechos eran suficientes motivos para no perder ni un solo segundo y poseerla sin dilación. Intentaba controlar mis eyaculaciones para disfrutar lo máximo posible, pero sus apreturas me producían tempranas sacudidas en todo mi ser.
A medida que fueron pasando los días me resultó insuficiente disfrutar de ella a escondidas en mi casa, quería presumir de mi esclava y comenzamos a salir de excursión en mi coche, habitualmente elegíamos el bosque como destino. Allí, entre los árboles y con el excitante riesgo de ser descubiertos, hacíamos el amor. Mi esclava a la luz del sol me resultaba todavía más atractiva.
Casualmente leyendo una revista que acababa de comprar en el quiosco de la esquina de mi casa, encontré un artículo en el que se hacía referencia precisamente a la historia de un pequeño pueblo de Puerto Rico llamado Vieques, poblado en el siglo XIX por un sinfín de esclavas. En el reportaje se daba el listado de los nombres de aquellas mujeres esclavizadas en esa época, leí la lista de corrido y de inmediato encontré el nombre que estaba buscando: Matumissa. Me parecía exótico, original y estaba dotado de una maravillosa musicalidad, era un nombre digno de mi bella esclava.
Matumissa se convirtió en el centro de mi vida. Creo que poco a poco aprendí a amarla. Me gustaba su ausencia de iniciativa, de voz y su total rendición a mis deseos. Cuando llegó el invierno, volvimos a recluirnos en casa y disfrutábamos de las largas noches de invierno abrazados en la cama. Me gustaba sentir sus pechos desnudos en mi torso y rozar sus suaves piernas. Enredaba su pelo entre mis dedos y su relajante olor me adormecía hasta que caía por fin en un profundo sueño.
La desbordada imaginación y la inspiración de tenerla hicieron que me convirtiera en un adicto comprador de productos eróticos. Mi arsenal de esposas, látigos y todo tipo de artículos sadomasoquistas era impresionante, tanto, que tuve que hacer limpieza por primera vez en mi casa para hacerles hueco. Me tomaba mi tiempo cada noche en elegir el instrumento que utilizaría con ella. Disfrutaba atando a mi sumisa esclava a la cama, azotarla sin compasión con uno de aquellos coloridos látigos para posteriormente follarla hasta el desmayo. Pero al igual que comencé a amarla también comencé a enfermar de celos. Me volvía loco pensando por las mañanas mientras trabajaba en la posibilidad de que tuviera un amante a escondidas. Al llegar a casa necesitaba demostrar mi pleno dominio sobre ella y la poseía en el suelo, atándola fuertemente con una maroma a una pata de la cama, mientras azotaba sus desnudos glúteos una y otra vez a modo de castigo para ella y de goce para mí.
Pasaron los meses y ocurrió algo en mi vida que descabaló mi existencia para siempre: comencé a relacionarme con Nuria, una compañera de trabajo con la que compartía aficiones comunes, sus delicados rasgos, su cabello liso y negro, sus sorprendentes e hipnóticos ojos café claro y su voluptuoso cuerpo. A la hora del desayuno nos encontrábamos en los servicios de las oficinas del trabajo para demostrarnos nuestra pasión. Nuria me sorprendió por su capacidad de sumisión y su necesidad de que yo guiara su placer, casi de forma semejante a como yo lo hacía con Matumissa. Nuestros encuentros en los servicios se convirtieron en una de mis mayores fuentes de placer. Tenía una nueva esclava, ahora mi favorita, y lo mejor es que no había pagado absolutamente nada por ella.
Pero en casa las cosas ya no fueron igual que siempre. Pude percibir en Matumissa un cambio de actitud. Notaba su mirada fría y rencorosa, tan distante que se me ponían los pelos de punta. Creo que sospechó desde el primer día que le era infiel. Mi capacidad para doblegarla disminuyó de día en día, intuía que la fuerza que yo perdía le daba más vida a ella. Cuando llegaba a casa, sus ojos fijos en mí conseguían acongojarme hasta tal punto, que comencé a temerla. No sólo eso, incluso mis relaciones con mi compañera también se vieron afectadas. Me sentía culpable de estar con otra mujer que no fuera mi esclava, parecía que una invisible cadena había unido nuestras vidas de tal manera que llegué a pensar que posiblemente la muerte fuera la única forma de recuperar mi perdida libertad. Tenía que matar a Matumissa, para sobrevivir yo, acabar con aquellos ojos que me torturaban cada noche, los mismos que antiguamente me habían parecido tan maravillosos. Acabaría con ella para siempre, ya no deseaba ser su amo, porque realmente había dejado de serlo el mismo día que le dejé de ser fiel. Ahora quería romper las cadenas y volver a tener una vida normal.
Aquella noche cogí el cuchillo más grande que encontré en el cajón de los cubiertos de la cocina, me dirigí al dormitorio donde ya estaba ella en la cama esperando mi llegada y se lo clavé una y otra vez. Sentí que la debilidad se apoderaba de mis músculos. La miré y pude comprobar que había muerto. Mi muñeca de silicona quedó completamente destrozada, trozos de su cuerpo quedaron esparcidos por toda la estancia y un frío mortal inundó mi ser. En ese instante sentí un infinito vacío y un total arrepentimiento por el daño cometido, jamás volvería a tener en mis brazos a mi dulce esclava siliconada, jamás volvería a hacer el amor con ella, a besarla y a quedarme embelesado con sus ojos. Me di cuenta sin embargo de que ni siquiera su muerte había logrado que yo recuperara mi independencia, que al comprarla había sellado un vínculo eterno del que no me podría zafar jamás. Miré el cuchillo y obedecí aquellas voces interiores que me impelían a seguir con ella, convenciéndome de que era lo mejor para ambos. ¿Qué más daba que nuestra unión fuera en vida o en muerte?
Recorté aquella maravillosa imagen, digno boceto de una altiva reina futura protagonista de mis sueños más ardientes y la pegué con cuidado ritual en la desnuda pared del dormitorio del pequeño apartamento de alquiler en el que yo vivía. Tenerla siempre presente en el cabecero de mi cama me servía de diario estímulo para intentar esforzarme lo posible para ser en fechas no muy tardías su propietario. Por ella trabajé duramente en el almacén quedándome a hacer horas extras hasta el desmayo. Al trabajar más y estar más cansado, salía menos, con lo que eso tenía de bueno para mi economía, ya que apenas gastaba nada que no hubiera antes presupuestado en mi cuadernillo donde lo apuntaba todo.
Cada noche rozaba su foto con las yemas de mis dedos, le daba un apasionado beso que abarcaba todo su cuerpo y me acostaba, no sin antes dejar volar mi imaginación a un futuro no muy lejano en el que ambos compartiríamos el mismo techo. Me imaginaba mi vida a su lado, las eternas noches de sexo y goce y la pasión que envolvería mi vida para siempre. Por fin lograría ser feliz.
Quería bautizar a mi futura compañera con un nombre digno de ella que la describiera en toda su magnitud y que mostrara a su vez, todo lo que era capaz de inspirarme cuando la miraba, pero ninguno me convencía plenamente. No en vano, era la primera vez en mi vida que iba a comprar una esclava y no quería dejar pasar de largo el más mínimo detalle. No deseaba un nombre corriente, nadie que existiera en el mundo podría llegar a acercarse en belleza y encanto a su persona.
Poco a poco mi cuenta fue engordando y por fin conseguí el dinero suficiente para comprarme mi esclava, a la que cariñosamente apodé “sin nombre”. Contacté telefónicamente con el proveedor de aquellas sumisas muchachas que habían nacido para dar placer carnal y quedé en ir a recoger la mía esa misma tarde. Estaba deseoso por ejercer de amo y ese pensamiento es el que me provocaba de continuo recurrentes erecciones que ni siquiera pude evitar mientras conducía mi coche al ir a su encuentro. Estaba nervioso, me sudaban las manos y me sentía igual que un inquieto novio que camina ante el altar.
Cuando llegué a la dirección que me habían indicado por teléfono, me sorprendí al ver más esclavas, tan bellas o incluso más que mi futura compañera, pero ninguna de ellas había compartido conmigo las noches pasadas de onanismo compulsivo así que me fui directamente al lugar donde mi bella sumisa de rasgos eslavos ya me esperaba. Pagué al vendedor al contado y la llevé a su nuevo hogar.
No me importaba, tal y como me advirtió el vendedor, que fuera completamente muda. No necesitaba hablar con ella, ni quería que me preguntara cada tarde si me había ido bien en el trabajo, ni tampoco que me discutiera ninguno de mis comentarios. Yo era el amo y ella mi esclava sumisa, eso era un hecho indiscutible. La había comprado para follarla hasta la extenuación, hacerla mía y poseerla cuando a mí me apeteciera. No podía existir mayor placer para mí. Sus deseos irían ligados desde ese momento a los míos, su placer sería mi propio placer y mis apetitos carnales, la causa de su existencia.
Cuando llegué a casa, la despojé impaciente de la túnica negra que tapaba su cuerpo y sin poder esperar siquiera a desvestirme, la tumbé en la cama, bajé la bragueta de mis pantalones y la desvirgué para siempre sin contemplaciones. El placer de poseer por primera vez a mi esclava fue insuperable, jamás había conseguido encontrar a ninguna mujer que se plegara a mis órdenes como ella lo hacía y sentir que la había encontrado elevó mi ego maltratado tanto por el paso de los años como por aquellas mujeres que había conocido y me habían destrozado psicológicamente. Mi esclava ni se inmutó, había aprendido cómo debía comportarse y se dejó hacer. Me sentí un triunfador por primera vez en mi vida, atractivo, fuerte y poderoso. Estaba pletórico gracias a ella.
Mi muda esclava seguía al pie de la letra y con una obediencia encomiable, todos mis mandatos. Su presencia disparaba mi imaginación y cada tarde, cuando llegaba a casa tras una dura jornada de trabajo, solía esperarme desnuda a cuatro patas como una montura fiel sobre la alfombra de rallas azules de mi salón. Ver sus labios mayores, entrever la abertura de mi pozo de los deseos y contemplar sus pechos eran suficientes motivos para no perder ni un solo segundo y poseerla sin dilación. Intentaba controlar mis eyaculaciones para disfrutar lo máximo posible, pero sus apreturas me producían tempranas sacudidas en todo mi ser.
A medida que fueron pasando los días me resultó insuficiente disfrutar de ella a escondidas en mi casa, quería presumir de mi esclava y comenzamos a salir de excursión en mi coche, habitualmente elegíamos el bosque como destino. Allí, entre los árboles y con el excitante riesgo de ser descubiertos, hacíamos el amor. Mi esclava a la luz del sol me resultaba todavía más atractiva.
Casualmente leyendo una revista que acababa de comprar en el quiosco de la esquina de mi casa, encontré un artículo en el que se hacía referencia precisamente a la historia de un pequeño pueblo de Puerto Rico llamado Vieques, poblado en el siglo XIX por un sinfín de esclavas. En el reportaje se daba el listado de los nombres de aquellas mujeres esclavizadas en esa época, leí la lista de corrido y de inmediato encontré el nombre que estaba buscando: Matumissa. Me parecía exótico, original y estaba dotado de una maravillosa musicalidad, era un nombre digno de mi bella esclava.
Matumissa se convirtió en el centro de mi vida. Creo que poco a poco aprendí a amarla. Me gustaba su ausencia de iniciativa, de voz y su total rendición a mis deseos. Cuando llegó el invierno, volvimos a recluirnos en casa y disfrutábamos de las largas noches de invierno abrazados en la cama. Me gustaba sentir sus pechos desnudos en mi torso y rozar sus suaves piernas. Enredaba su pelo entre mis dedos y su relajante olor me adormecía hasta que caía por fin en un profundo sueño.
La desbordada imaginación y la inspiración de tenerla hicieron que me convirtiera en un adicto comprador de productos eróticos. Mi arsenal de esposas, látigos y todo tipo de artículos sadomasoquistas era impresionante, tanto, que tuve que hacer limpieza por primera vez en mi casa para hacerles hueco. Me tomaba mi tiempo cada noche en elegir el instrumento que utilizaría con ella. Disfrutaba atando a mi sumisa esclava a la cama, azotarla sin compasión con uno de aquellos coloridos látigos para posteriormente follarla hasta el desmayo. Pero al igual que comencé a amarla también comencé a enfermar de celos. Me volvía loco pensando por las mañanas mientras trabajaba en la posibilidad de que tuviera un amante a escondidas. Al llegar a casa necesitaba demostrar mi pleno dominio sobre ella y la poseía en el suelo, atándola fuertemente con una maroma a una pata de la cama, mientras azotaba sus desnudos glúteos una y otra vez a modo de castigo para ella y de goce para mí.
Pasaron los meses y ocurrió algo en mi vida que descabaló mi existencia para siempre: comencé a relacionarme con Nuria, una compañera de trabajo con la que compartía aficiones comunes, sus delicados rasgos, su cabello liso y negro, sus sorprendentes e hipnóticos ojos café claro y su voluptuoso cuerpo. A la hora del desayuno nos encontrábamos en los servicios de las oficinas del trabajo para demostrarnos nuestra pasión. Nuria me sorprendió por su capacidad de sumisión y su necesidad de que yo guiara su placer, casi de forma semejante a como yo lo hacía con Matumissa. Nuestros encuentros en los servicios se convirtieron en una de mis mayores fuentes de placer. Tenía una nueva esclava, ahora mi favorita, y lo mejor es que no había pagado absolutamente nada por ella.
Pero en casa las cosas ya no fueron igual que siempre. Pude percibir en Matumissa un cambio de actitud. Notaba su mirada fría y rencorosa, tan distante que se me ponían los pelos de punta. Creo que sospechó desde el primer día que le era infiel. Mi capacidad para doblegarla disminuyó de día en día, intuía que la fuerza que yo perdía le daba más vida a ella. Cuando llegaba a casa, sus ojos fijos en mí conseguían acongojarme hasta tal punto, que comencé a temerla. No sólo eso, incluso mis relaciones con mi compañera también se vieron afectadas. Me sentía culpable de estar con otra mujer que no fuera mi esclava, parecía que una invisible cadena había unido nuestras vidas de tal manera que llegué a pensar que posiblemente la muerte fuera la única forma de recuperar mi perdida libertad. Tenía que matar a Matumissa, para sobrevivir yo, acabar con aquellos ojos que me torturaban cada noche, los mismos que antiguamente me habían parecido tan maravillosos. Acabaría con ella para siempre, ya no deseaba ser su amo, porque realmente había dejado de serlo el mismo día que le dejé de ser fiel. Ahora quería romper las cadenas y volver a tener una vida normal.
Aquella noche cogí el cuchillo más grande que encontré en el cajón de los cubiertos de la cocina, me dirigí al dormitorio donde ya estaba ella en la cama esperando mi llegada y se lo clavé una y otra vez. Sentí que la debilidad se apoderaba de mis músculos. La miré y pude comprobar que había muerto. Mi muñeca de silicona quedó completamente destrozada, trozos de su cuerpo quedaron esparcidos por toda la estancia y un frío mortal inundó mi ser. En ese instante sentí un infinito vacío y un total arrepentimiento por el daño cometido, jamás volvería a tener en mis brazos a mi dulce esclava siliconada, jamás volvería a hacer el amor con ella, a besarla y a quedarme embelesado con sus ojos. Me di cuenta sin embargo de que ni siquiera su muerte había logrado que yo recuperara mi independencia, que al comprarla había sellado un vínculo eterno del que no me podría zafar jamás. Miré el cuchillo y obedecí aquellas voces interiores que me impelían a seguir con ella, convenciéndome de que era lo mejor para ambos. ¿Qué más daba que nuestra unión fuera en vida o en muerte?
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